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De la metáfora y otros objetos

De la metáfora y otros objetos

Por Luis Ernesto Mejía

Opuesta al lenguaje literal u ordinario, algunas posturas críticas consideran la metáfora como un artificio meramente retórico, exclusivo de la expresión literaria, utilizada por los escritores y poetas para llamar la atención o incrementar el interés por el objeto metaforizado. Dado que, por el contrario, nuestro sistema conceptual consiste en una entidad metafóricamente estructurada, convenimos en que todos nuestros actos de pensar, expresiones lingüísticas tanto en la literatura y el arte, como en la ciencia y la totalidad, en general, de las experiencias o actividades humanas, responden a modelos metafóricos definidos por dicho mecanismo elaborador de los conceptos.

De acuerdo a George Lakoff y Mark Johnson (1980), “El concepto se estructura metafóricamente, la actividad se estructura metafóricamente, y, en consecuencia, el lenguaje se estructura metafóricamente”. Para Friedrich Nietzsche (1873), todas las palabras son metáforas y hablar es un juego metafórico. El filósofo alemán argumenta en Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral, que la “metaforicidad es la esencia del lenguaje.” En un sentido más amplio, diríamos: toda representación es metafórica.

Al considerar la metáfora como un dispositivo retórico, peculiar, específico de la imaginación creadora en el mundo restringido de la literatura, o, en general, de las artes, forzosamente conlleva a una infundada oposición entre el lenguaje “poético” y el lenguaje “no-poético”. De hecho, Viktor Sklovsij (1918) afirmaba que existen objetos tales como lenguajes “poéticos” y “prosaicos”, cada uno con sus diferentes preceptos, mientras que, por otro lado, Boris Ejxenbaum (1926) asumía que la relación entre las funciones literarias y no literarias del lenguaje es de oposición. En otras palabras: al admitir previamente que la no-literatura no poseía las propiedades de la literatura, se asumió también de que solo los instrumentos figurativos observados en la literatura eran literarios, o constituían, en palabras de Roman Jakobson, literariedad.

De ahí, sospechamos, se desprende unos de los orígenes del fracaso, en parte, de la crítica literaria, la cual, lejos de ser empíricamente verificable, ha devenido en un juego genérico de  conceptos y expresiones dentro de un sistema cerrado que se explica a sí mismo, autorreferencial, similar a los planteamientos de numerosos intelectuales que, al abandonar el marxismo, reemplazaron la narrativa, en el mundo real, de la lucha de clases y la contradicción entre el trabajo y el capital, refugiándose en una contienda interna, mentalista, librada entre conceptos o entre vocablos.

Otro de los subproductos obligados de la dicotomía arriba señalada, ha sido la omisión del nexo entre el arte y la ciencia de parte de los académicos, indiferentes a lo que podríamos llamar Estructura Metafórica del sistema conceptual (EMSC), mecanismo que trasciende las distintas disciplinas del conocimiento, en virtud del carácter universal del mismo.

En efecto, para lograr predecir la erupción de varios volcanos el vulcanólogo Bernard Chouet (1989) comparó las características comunes de las signaturas de los volcanos activos con las signaturas musicales de los órganos de pipa. La concepción del tiempo y el espacio postulado por el científico Albert Einstein había sido ya representada en las culturas “primitivas”, y, posteriormente en los trabajos del pintor Pablo Picaso y el movimiento cubista. Igualmente, el pintor Paul Cezanne, demostró que los objetos representados en una pintura forman parte integral del espacio y son afectados por éste. En ese sentido, las concepciones del tiempo y el espacio elaboradas por la física moderna en los primeros años del siglo veinte, habían encontrado eco en los nuevos paradigmas del arte.

En ese mismo orden de ideas, el soneto número CLXVI del poeta Don Luis de Góngora y Argote, dentro de una propuesta unificadora de la teoría científica y la representación artística, entronca la visión barroca del desengaño al concepto científico de la entropía, reduciendo, con magistral simultaneidad, la organización del universo al caos y al desorden.

Mientras por competir con tu cabello,

oro bruñido, al sol relumbra en vano;

mientras con menosprecio en medio el llano

mira  tu blanca frente el lilio bello.

mientras a cada labio, por cogello

siguen más ojos que el clavel temprano,

y mientras triunfa con desdén lozano

del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,

antes que lo que fue en tu edad dorada

oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o viola truncada

se vuelva, más tú y ello juntamente

en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Precisamente, dicha extrapolación o trasvase de términos y conceptos de un ámbito a otro, proporcionado por el Estructura Metafórica del sistema conceptual (EMSC), prueba no sólo la sincronicidad o categorías comunes entre diferentes dominios del conocimiento, sino que también nos revela la posible naturaleza y evolución del entendimiento humano