Mié. Ene 27, 2021

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El poeta y la estética del silencio

Por Plinio Chain

No es absoluto el efecto mayor del poema. Cuántos esfuerzos para no decir, para que, escribiendo, no escriba pese a todo, y finalmente dejo de escribir, justo en el momento en que lo silencioso deviene ente inconsciente.

El silencio es un signo ascendente de despojo, de purificación y de renuncia al discurso y a la palabra. El grado cero del poema y su retórica bartheana. El blanco absoluto es la tachadura inversa del lenguaje. ¿Deseo, mutilación o gesto? Crisis, fisura y sospecha letal del texto. Ni Rimbaud ni Mallarmé apostaron finalmente a esa renuncia o abolición gestual. El gesto de ambos pauta hoy el escrutinio perverso de escribir e imaginar. Al poner en crisis los poderes del lenguaje, ellos estaban asignándole su misión más extrema y exigente: cambiar la vida mediante la alquimia verbal; llegar a una lógica verbal que fuese transparencia del mundo.

El silencio es, pues, una doble metáfora; experiencia purificadora, y no sólo en el orden estético. Exigencia de totalidad que se vuelve sobre sí misma y se hace crítica. Esta doble metáfora implica, por supuesto, la nostalgia de la palabra, es decir, la búsqueda de un lenguaje ya tan absoluto (¿sagrado?) que puede identificarse con el silencio mismo.

Esta nostalgia aviva a su vez y aun expone al abismo, la conciencia de otra verdad: se escribe con palabras que son la traducción de La Palabra. De un modo u otro, esta es la conciencia del poeta contemporáneo. Artaud, Huidobro y Michaux muestran que, para ciertos poetas, el lenguaje, primero y último escape del mito literario, recompone finalmente aquello de lo que se intentaba escapar.

El silencio es, pues, una estructura de totalidad significante que supera incluso la página en blanco. El imaginario poético desaloja así de su retórica la carga sémica ancestral y fenoménica, extrayendo de su constelación difusa un infinito pascaliano. Este arte tiene la estructura del suicidio: el silencio es en él como un tiempo poético homogéneo que se injerta entre dos capas y hace estallar la palabra menos como el jirón de un criptograma que como luz, vacío, destrucción y libertad (Barthes).

La grafía tipográfica del poeta francés quiere crear alrededor de las palabras una zona de vacío en la que la palabra, liberada de sus armonías sociales y culpables, felizmente ya no resuena. Con ello, el poeta se aproxima a un acto cuyo matiz esencial afirma una soledad, y, por tanto, una inocencia. Toda palabra o decir es anterior a su esplendor y su ruido. Lo silencioso tampoco se guarda. ¿Guardar silencio? Enunciado imposible o exigencia de una espera que no tiene nada que esperar, de un lenguaje que, al suponerse totalidad, se degasta en el signo fragmentándose sin fin. Así, el poema pudiese por primera vez comenzar a no ser su propio imposible.