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La literatura oral

Todas las manifestaciones de literatura oral han sido poco y tardíamente estudiadas, si tenemos en cuenta los estudios que existen sobre la literatura escrita, y la mayor antigüedad y universalidad de la primera. La oralidad ha tenido que esperar mucho tiempo para su estudio, que, irónicamente, no seria tal ni completo, sin la escritura.

Hay distintas opiniones respecto de la época y el lugar de los comienzos de estos cuentos. Desde teorías monogenistas, que suponen su origen en una sola zona hasta otras poligenistas, para las cuales surgieron en diferentes regiones alejadas unas de otras.

Puede considerarse que sus orígenes son muy remotos, desde 4000 a 1000 a. de C., y tal vez sus raíces son anteriores; ya en la Edad de Bronce aparecen los códigos heroicos y la escritura lineal. Las primeras recopilaciones de estos relatos provienen de la India, desde donde se difundieron por todo el Oriente, pasando luego por Grecia, donde Esopo les dio forma en sus fábulas. Durante la Edad Media se desplazaron hacia Europa. Allí, la religión cristiana introdujo las sentencias morales. A España llegaron por vía de los árabes y de ahí se expandieron a América, pero ya había aquí relatos totémicos propios de la cultura indígena que, al fusionarse con aquellos dan nuevo motivo al despliegue de la imaginación popular. En Europa, por su parte, aparecen las fábulas de La Fontaine (Francia) y Samaniego e Iriarte (España) quienes, con sus narraciones, llevaron a esta expresión a un notable desarrollo estético.

Otros escritores que recopilaron cuentos del habla popular fueron Charles Perrault y Andersen. No debemos olvidar tampoco La Iliada, La Odisea, de Homero; El Quijote, de Miguel de Cervantes; El Lazarillo de Tormes, El Conde Lucanor, de Don Juan Manuel; El libro del buen Amor, del Arcipreste de Hita; El Decamerón, de Bocaccio; el teatro de Lope de Vega, entre otros.

Según Emilio Rodríguez Demorizi (1979), en la República Dominicana esta forma de expresión nació en la zona rural, “como algo del alma española que penetraba nuestro espíritu, como si volviera a llenar los ámbitos de la Isla, con nuevo y encendido acento”. La literatura oral dominicana ha recreado la herencia del cuento popular español, y también la tradición de oralidad occidental. Resulta interesante observar que personajes tales como Juan Sonso y Pedro Animal y otros, tienen sus antecedentes en España, pero se los encuentra en casi toda la tradición del cuento latinoamericano.

Toda literatura, oral o escrita, como arte de creación seguirá siendo un misterio indefinible en su totalidad para el hombre a pesar de tantos siglos de cultivo y estudios teóricos de la literatura escrita, desde las Reglas de “Cómo se debe Trovar”, del Infante Don Juan Manuel (1282-134) hasta los últimos estudios de semiótica, a pesar de sus exégetas, críticos, teóricos apólogos, narratólogos y otros que han intentado conceptuar, pasando, claro está, por las poéticas personales y los ensayos, conferencias y confesiones de los propios escritores; a pesar de la seriedad de los estetas y demás estudiosos de la literatura escrita sigue siendo tan distinta y cambiante de un autor a otro, como inútil ha sido el esfuerzo de tantos estudiosos por saber “que es” (como si el mismo hecho de “ser” ya no bastara). Ni los teóricos de la estética se han puesto de acuerdo a la hora de reducir la literatura a una definición certera, abarcadora. También la literatura oral, y en mayor medida la poesía y el cuento, se tornan caprichosas y esquivas frente a las definiciones. Toda definición será, pues, una aproximación. No se puede definir el cuento o la poesía orales sin el auxilio de algunos de sus factores o virtualidades.

Desde un enfoque meramente teórico, podríamos decir que la literatura oral la constituye todo el corpus literario que se transmite a través de la voz, con el auxilio de la memoria individual o colectiva, y que basa su comunicación fundamentalmente en signos fónicos. En cambio, podríamos decir que la literatura escrita es aquella que basa su comunicación fundamentalmente en signos gráficos -elementos léxico-sintácticos- y que abarca todos los géneros literarios conocidos. De cualquier manera definir y separar ambas literaturas sólo nos servirá como argumento metodológico, del mismo modo que compararlas y jerarquizarlas sólo ha servido para ensombrecer el conocimiento de una de ellas, la oral.

Las semejanzas más convincentes son, más que temáticas, perceptibles por ciertas normas formales o por ciertas muletillas de composición, y aun de vocabulario; ahora bien, la etnología los muestra. Según Paul Zumthor, estos elementos son muy estables dentro de las tradiciones orales y dependen del funcionamiento de la memoria vocal (corporal y emotiva) que las definen. La oralidad de la literatura es menos una cuestión de hecho, suponiendo su constitución y su testimonio, que de explicación, pretendiendo superar una repetición o alteridad. Por eso, muchas cuestiones (antes de que las exigencias filológicas las especifiquen) merecen ser planteadas en un nivel más general. Se trata de las relaciones entre la escritura propiamente y su relación con la expresión oral; entre el mito, la leyenda, y entre ésta y su entorno socio-cultural.

Si intentáramos definirla de un modo más general y simple, diríamos que oralidad es todo aquello que se transmite a través de la voz, toda expresión que emplea la palabra viva, desde la simple conversación -también soliloquio- hasta los cantos personales o colectivos, pasando por cada una de las manifestaciones verbalizadas sobre el carácter diferenciado e individualizado de la misma.

Por Plinio Chain / Acento.com.do