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Una lectura del poema Ruinas, de Salomé Ureña

Por Patricio García Polanco

I

Salomé Ureña es nuestra gran poetisa (o poeta, si así se prefiere) del siglo XIX. Junto a José Joaquín Pérez y Gastón Fernando Deligne constituye uno de los tres pilares en que se asienta la lírica dominicana de ese siglo. Juntos son los dioses mayores de esa centuria.

Acercarse a la poesía de Salomé Ureña, leerla, analizarla, imbuirse de sus arrebatos cívicos y de su fe en los valores de la civilización puede resultar muy gratificante, incluso, para las nuevas generaciones. Estamos conscientes de que vivimos en una época donde la apreciación del arte literario se encuentra en inquietante declive. Y, por consiguiente, pretender hallar en nuestros jóvenes un interés espontáneo hacia nuestro patrimonio poético es una quimera. No podemos pretender que nuestros jóvenes se acerquen por su propia cuenta al rico caudal poético de nuestros autores consagrados, incluyendo a la autora de Ruinas. Es un absurdo. Preciso será que les guiemos a la fuente para que ellos puedan abrevar su necesidad de agua, de limpia y transparente agua lírica. El mundo actual, aturdido de ruidos de máquinas, saturado de recursos materiales, lleno de tecnócratas y expertos de todo tipo, necesita dejar un espacio abierto para la poesía. “No sólo de pan vive el hombre”. Llenar las demandas del espíritu es tan importante como llenar otras necesidades.

Esta reflexión da para mucho, pero por ahora centrémonos en la finalidad de este trabajo. Hoy vamos a dedicar nuestro espacio semanal en Acento a comentar el celebrado poema Ruinas, uno de los más importantes de cuantos escribió Salomé Ureña, y de la lírica dominicana. Entremos, pues, al universo lírico de Salomé Ureña a través de uno de sus poemas más emblemáticos.

 Salomé Ureña.

II

Salomé Ureña.

En Ruinas, escrito en 1876, Salomé Ureña evoca el pasado glorioso de nuestra isla, específicamente al inicio de la colonización, comparándolo con el estado desastroso en que se encontraba el país en ese momento. Apenas habían transcurrido 32 años de vida independiente y el pueblo dominicano estaba sumido en una crisis de gobernabilidad, que a su vez generaba una situación económica calamitosa, ya que los escasos recursos que entraban a la administración pública debían destinarse fundamentalmente a equipar a los militares para repeler a los infatigables opositores.

Durante esos 32 años, el país había pasado por la mano de gobiernos desastrosos en el manejo de los recursos y en el respeto a los derechos ciudadanos (Santana y Báez fueron las figuras más preponderantes de esos años) a la pérdida de la soberanía, con la anexión a España. Luego del rescate de la soberanía (la Restauración), inició un período de desaciertos e inestabilidad, causados por los diferentes caudillos regionales que se disputaban el poder mediante el uso de la fuerza.

Tras la independencia, el país había caído en manos del sector conservador (los liberales, encabezados por Duarte, menores en proporción y fuerza, andaban desperdigados por el mundo, en calidad de exiliados)… Es el lamentable saldo de los esfuerzos realizados por los trinitarios para crear un Estado soberano y funcional, bajo un sistema democrático.

En tal circunstancia, el proyecto de nación naufragaba una y otra vez en medio de las constantes perturbaciones del caudillismo irreflexivo y obtuso. Y no se trataba de luchas ideológicas, ya que los bandos políticos carecían de proyectos políticos propiamente dichos; sólo procuraban alcanzar el poder para disfrutar de sus beneficios junto a sus allegados.  A este respecto, el historiador Adriano Miguel Tejada, al referirse al período de inestabilidad política que surgió tras la Restauración, señala:

Estas luchas se manifestaron con toda su rudeza, y es por esto que se designa el triunfo de la Restauración de la independencia como el inicio del “Ciclo de los Colores”, porque los partidos que van a dominar la vida política dominicana se distinguirán, no por su plataforma ni su orientación, sino por el color de su insignia, que en los baecistas fue roja, en los del “Grupo Cibaeño”, azul, y en el grupo “unionista, del “general de salón” Ignacio María González, fue verde.

Frente a un panorama tan desolador, Salomé Ureña, maestra abnegada, poeta inspirada y ciudadana fervorosa del ideario cívico, no podía quedarse al margen; no era ella capaz de contemplar con indiferencia las adversidades que padecía el pueblo dominicano. Entusiasta abanderada del progreso y la civilización, sabía que para alcanzar ese estadio de desarrollo se precisaba de un Estado regido por la fuerza de las leyes y no por los caprichos y ambiciones del generalato montonero, nucleado en los partidos de la época. Pero dejemos que sea la propia autora quien nos hable sobre el particular. Procedamos, pues, a examinar el poema Ruinas, deteniéndonos en cada una de sus estrofas.

De entrada, en su primera estrofa la voz poética rememora los monumentos antiguos (ciudad colonial) que han quedado como testimonio de un momento feliz de nuestra historia en el que Santo Domingo se convirtió en el centro de la colonización del llamado Nuevo Mundo. Contar con la primera catedral, los primeros conventos, la primera universidad, importantes palacios y fortalezas…, y que a nuestra capital se le reconociera como la Atenas del Nuevo Mundo llenó de orgullo a sus habitantes.

Memorias venerandas de otros días, 

soberbios monumentos, 

del pasado esplendor reliquias frías, 

donde el arte vertió sus fantasías, 

donde el alma expresó sus pensamientos.

Contemplar esas reliquias, testigos mudos de una indiscutible gloria, aunque breve, sobrecoge el espíritu de la poeta, angustiada por el presente atroz que contempla con profunda preocupación.

Al veros ¡ay! con rapidez que pasma 

por la angustiada mente 

que sueña con la gloria y se entusiasma

discurre como alígero fantasma 

la bella historia de otra edad luciente.

Todo el poema aparece teñido de un tono triste. El adjetivo angustiada, inserto en el segundo verso de la estrofa precedente, nos da una idea del sacudimiento interior de la poeta ante la contemplación dolorosa del pasado.

La estrofa número tres destaca el florecimiento de la actividad científica en la isla. Hay en esos versos una alusión a uno de los hechos más preponderantes del inicio de la colonización en nuestra isla: la fundación de la primera universidad, en 1538. Fue una de las iniciativas más auspiciosas. No obstante, este y otros logros fueron opacados debido a las circunstancias históricas que envolvieron nuestra azarosa historia colonial. Tan impresionante es el estado de desolación que proyectan esos vestigios que los elementos de la naturaleza lo replican sensiblemente en una brillante prosopopeya:

¡Oh Quisqueya! Las ciencias agrupadas 

te alzaron en sus hombros 

del mundo a las atónitas miradas; 

y hoy nos cuenta tus glorias olvidadas 

la brisa que solloza en tus escombros.

Pero no sólo las ciencias alcanzaron un gran despliegue, sino también las artes, lo cual puede observarse en los monumentos coloniales y su extraordinaria arquitectura. A esto se agrega un acontecimiento muy relevante: Santo Domingo fue escenario de las primeras manifestaciones teatrales del Nuevo Mundo. A este respecto, nuestros historiadores consignan que fue aquí donde se escribió y se montó la primera obra dramática, un entremés de Cristóbal de Llerena, criollo nacido en Santo Domingo en 1541. Añádase a lo anterior la presencia del dramaturgo español Tirso de Molina, quien residió por un breve tiempo en Santo Domingo (1616-1618), donde se afirma que escribió algunas de sus obras más representativas.

Ayer, cuando las artes florecientes 

su imperio aquí fijaron 

y tuviste creaciones eminentes, 

fuiste pasmo y asombro de las gentes, 

y la Atenas moderna te llamaron.

Consideremos que no es poca cosa el que a una ciudad recién erigida se le distinguiera con ese pomposo título. Atenas era la capital de la antigua Grecia, cuyo legado científico, cultural y artístico ha sido el más relevante de cuantos ha recibido la humanidad. Entonces nuestra poeta se pregunta, dónde quedó tanta gloria, dónde acabó toda esa grandeza. Preguntas retóricas, pues no ignoraba nuestra autora que desde los inicios de la colonia el esplendor inicial se fue eclipsando en la medida en que los colonizadores hallaron la ocasión de pasar a tierra firme, donde había mayores posibilidades de enriquecimiento. Lo que nuestra isla podía ofrecer a la codicia de los colonos, se hallaba multiplicado en tierra continental.

Águila audaz que rápida tendiste 

tus alas al vacío 

y por sobre las nubes te meciste: 

¿por qué te miro desolada y triste? 

¿dó está de tu grandeza el poderío?

Nuestra historia colonial está marcada por la pobreza y la marginalidad. Y tan así fue que hubo un tiempo en que el gobierno se sostenía con recursos que llegaban del exterior (principalmente del virreinato de Nueva España, actual México), fenómeno conocido como el situado (un viejo antecedente de las remesas que hoy nos llegan desde fuera, aunque en este caso se trata de envíos privados). Santo Domingo llegó a ser una ciudad ruinosa dentro de una isla semi-abandonada y pobre. Atacada por piratas, víctima de la ambición de más de una potencia, que no pocas veces se tradujo en pillaje, sometida al reparto de las metrópolis europeas, invadida y saqueada por armadas imperiales y huestes piratas… hasta desembocar en una doble independencia (una efímera, 1821, y otra definitiva, 1844). Y luego de alcanzar la independencia, las pasiones políticas y la ambición de un irrazonable caciquismo impidieron la fijación de un proyecto político liberal que sacara al pueblo del lastre de tantos años de incertidumbres y desaciertos para acabar, diecisiete años después, en la pérdida de la soberanía, a causa de la traición de uno de sus jefes de facciones (Pedro Santana).

En la estrofa siguiente nuestra poeta evoca con tristeza ese largo historial de dominación extranjera:

Vinieron años de amarguras tantas, 

de tanta servidumbre; 

que hoy esa historia al recordar te espantas, 

porque inerme, de un dueño ante las plantas, 

humillada te vio la muchedumbre. 

Podría suponerse que aquí nuestra autora se estaría refiriendo al más reciente tramo de ese dominio extranjero: la Anexión a España (1861), que concluyó con la Restauración (1865) poco más de una década antes de la escritura del poema (1876), pero –a nuestro juicio– se refiere a la dominación haitiana. Y lo decimos por la forma en que califica el estado de la patria oprimida, explicitada en el verso “humillada te vio la muchedumbre”. Es bien sabido que nuestros intelectuales, aun cuando rechazaran la reincorporación del territorio dominicano al imperio español (1861), nunca usaron términos tan duros para referirse a ese período. Algo que sí ocurre cuando se habla de la ocupación haitiana, donde lo común es hablar del “yugo haitiano” y otras denominaciones semejantes; y se habla del rompimiento de cadenas para referirse a la proclamación de la independencia (1844), con lo cual se equipara la dominación haitiana con una forma de esclavitud.

A los ojos de nuestros historiadores, poetas y otros escritores no hubo una humillación mayor para los habitantes de este lado de la isla (vale decir, para su élite política, económica, eclesiástica e intelectual), los cuales en términos raciales y culturales se pretendían herederos directos de los españoles, que verse regidos políticamente por los haitianos. Y nuestra poeta difícilmente podía sustraerse a ese sentimiento tan generalizado entre su clase.

La cesión a Francia del lado oriental de la isla (actual República Dominicana) en el año 1795 y la consecuente ocupación del territorio a cargo del ejército francés, que comandaba el general de origen haitiano Toussaint Louverture, provocó la estampida de algunas de las familias más distinguidas hacia otros territorios, especialmente hacia Cuba y Puerto Rico, que aún eran colonias españolas, pero también hacia Venezuela. Entre ellas hubo varios letrados, egresados de la Universidad de Santo Domingo. El abandono de la isla por parte de esas familias de arraigo hispánico fue acentuándose cuando años después (1822) entraron los haitianos y tomaron posesión del territorio dominicano. La salida de dichos letrados supuso un adelanto para los territorios receptores, Cuba, Puerto Rico y Venezuela, y un retroceso para el nuestro. A ello se refiere nuestra poeta en los siguientes versos:

Y las artes entonces, inactivas, 

murieron en tu suelo, 

se abatieron tus cúpulas altivas, 

y las ciencias tendieron, fugitivas, 

a otras regiones, con dolor, su vuelo.

A través del recurso del apóstrofe (invocación a un ser concreto o abstracto, vivo o muerto) la voz poética se dirige a la patria, para expresarle la honda congoja que le produce la contemplación del actual estado en que se encuentran aquellos mudos vestigios:

¡Oh mi Antilla infeliz que el alma adora! 

Doquiera que la vista 

ávida gira en su entusiasmo ahora, 

una ruina denuncia acusadora 

las muertas glorias de tu genio artista.

En las estrofas siguientes, la voz poética continúa su apóstrofe dirigido a la patria. En la próxima, la vemos azuzando al pueblo para que se levante de su postración, advirtiéndole que no puede claudicar frente a los desafíos del momento.

¡Patria desventurada!   ¿Qué anatema 

cayó sobre tu frente? 

Levanta ya de tu indolencia extrema: 

la hora sonó de redención suprema 

y ¡ay, si desmayas en la lid presente!

¿A cuál batalla (lid) se referirá? Conociendo los tópicos más emblemáticos de su poética pensamos que se refiere a la única forma de enfrentamiento a que aspiraba la autora: a aquella que pone diques a la ignorancia, a la que apuesta a la consecución del progreso, a la que se esfuerza por fundar sobre el suelo de la patria los elementos de la vida civilizada. No olvidemos que en Salomé Ureña magisterio y poesía van de la mano. En ella, el conocimiento, transformador e iluminador de la conciencia, y la poesía, por cuya contemplación estética se enaltece la condición humana, son líneas paralelas que confluyen en las regiones del espíritu.

Las ruinas, símbolos del estado del país en el presente de la autora, no arredran su espíritu entusiasta. De pronto, en medio de la tribulación que le embarga, ve filtrarse un rayo de esperanza. Reflexiona y piensa que la patria no ha de perecer así tan fácilmente, confía que como el ave fénix, con el esfuerzo de sus mejores hombres y mujeres, sabrá levantarse de sus ruinas para recobrar su esplendor primigenio. Y así, proyectando esa visión esperanzadora nos dice en la siguiente estrofa:

Pero vano temor: ya decidida 

hacia el futuro avanzas; 

ya del sueño despiertas a la vida, 

y a la gloria te vas engrandecida 

en alas de risueñas esperanzas.

El yo poético continúa incitando a la patria para que se levante de su abatimiento y apatía, y se yergue firme a enfrentar los retos que tiene por delante para que pueda recuperar su grandeza perdida. Le pide que para tales fines inflame su espíritu del intenso fuego del trópico.

Lucha, insiste, tus títulos reclama: 

que el fuego de tu zona 

preste a tu genio su potente llama, 

y entre el aplauso que te dé la fama 

vuelve a ceñirte la triunfal corona.

El poema concluye con la misma actitud esperanzadora de la estrofa anterior, visualizando el avance firme del pueblo hacia la concreción de un futuro de paz y progreso. Entonces se disiparán todas las sombras que amenazan el porvenir, y ya no habrá espacio para la tristeza cuando la vista se despliegue sobre los escombros coloniales.

Que mientras sueño para ti una palma, 

y al porvenir caminas, 

no más se oprimirá de angustia el alma 

cuando contemple en la callada calma 

la majestad solemne de tus ruinas. 

III

Concluyo este trabajo, volviendo un poco al inicio, expresando que la poesía de Salomé Ureña debería aprovecharse mejor en nuestras escuelas. Sus poemas propician la reflexión y exaltan valores humanos que nuestra sociedad necesita fortalecer.

El buen arte no sólo deleita, sino que también propende al estímulo de la reflexión y el sentido crítico. La poesía de Salomé Ureña contiene una valiosa enseñanza moral, muy a propósito para estimular valores en los estudiantes. Pensemos, por ejemplo, en El ave y el nido (el respeto a la naturaleza y a las creaturas inferiores); La llegada del invierno(las bondades del clima dominicano, que apenas sufre alteraciones con los cambios de estación); 27 de febrero (culto al calendario cívico y a los héroes que hicieron posible nuestra independencia); Diez y seis de agosto (reconocimiento a los que enfrentaron al ejército español para restaurar la soberanía perdida). 

En ese aspecto, el Ministerio de Educación tienen una gran tarea por delante. No basta con que nuestros jóvenes sepan, de oídas, quién fue nuestra poeta (o quién fue cualquier otro autor dominicano), hay que asegurarse de que la lectura de sus textos forme parte del currículo escolar para que nuestros estudiantes puedan disfrutar del legado espiritual que nos dejaron. Mucho ganaríamos si tal cosa se hiciera.

Bibliografía

Andújar, Carlos, coordinador (2015). La cultura del ahorro en la República Dominicana. Del situado a la banca. Santo Domingo: Superintendencia de Bancos de la República Dominicana.

Inoa, Orlando (2013). Historia dominicana. Santo Domingo: Letra Gráfica.

Rueda, Manuel (1996) Dos siglos de literatura dominicana, siglos XIX-XX. Poesía I. Santo Domingo: Comisión Oficial para la Celebración del Sesquicentenario de la Independencia Nacional y Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos.

Tejada, Adriano M. (1975). El Partido Rojo, el Partido Azul y el Partido Verde. Santiago de los Caballeros: EME EME: Estudios Dominicanos, 3 (16), págs. 21-42.

Ureña de Henríquez, S. (1997). Poesías Completas. Santo Domingo: Comisión Permanente de la Feria Nacional del Libro.

Fuente: Acento.com.do