Mar. Jul 27, 2021

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Silvia Ramos: una creación multidimensional

Silvia Ramos: una creación multidimensional
Silvia Ramos: una creación multidimensional

La poesía crea al poeta a su imagen y semejanza. Así, la poeta española, Silvia Ramos, se revela en Los poemas de la medianoche como una creación multidimensional.  Creación, porque, contrario a lo que creían los griegos, yo creo que la poesía crea al poeta, y no el poeta a la poesía. Y creo que, sin lugar a dudas, esta idea ya venía madurando en Bécquer cuando exclamó: «podrá no haber poetas; pero siempre/ habrá poesía”. Multidimensional, porque su plectro no se arraiga a un tema particular, sino que, como la música desparramada en el aire, transita por los múltiples senderos de la palabra.

La poesía, como sustancia y esencia universales, existe por sí misma. Lo que la poesía puede, es imposible al poeta. El poeta crea el poema, pero no la poesía. Crea la forma, pero no el fondo. En su estado natural, la poesía es pura y está presente en todas las cosas. El que la escribe es un descubridor, un intérprete que solo hace copiar lo que el universo le dicta. Por eso, el buen poeta es el que bien escucha, el que bien interpreta el lenguaje del universo, indescifrable para los corazones insensibles.

Silvia es de esos seres cuyas almas viven impregnadas de lirismo y atormentadas por las grandes cuestiones de la vida. Su canto es un desgarramiento de guitarra, un gemido nostálgico de flauta, un arrebato incontenible de pasión, una búsqueda sutil de libertad expresiva.

En la primera parte de su poemario, la poeta canta al amor. Y lo hace de una manera diferente, como debe ser, ya que el desafío de todo escritor es decir de forma distinta lo que ya todo el mundo ha dicho. Canta al amor, he dicho, y lo hace desde un punto de vista socrático (no sé nada), contrario al engañoso método confuciano (sé lo que sé).

Pronuncia sus primeros fonemas para decirnos que «no sé por dónde huir», para continuar diciendo «quiero salir de este cuerpo hiriente». Palabras con que revela tormento incontenible, peso anímico, y desesperación voraz.  Es la voz desesperada del ente universal que busca una salida al tormento de la cotidianidad insoportable, pero que no sabe a dónde ir, porque la única forma de saberlo es caminando, pero que no se puede caminar si no hay camino.

El ente se revela perdido, «caminando sin rumbosin sentidopor un paisaje desolado». Y atormentado «del horror de esta azada de muerte/ que como un péndulo va y vienesobre mis sienes.» Y, paradójicamente, esperanzada: «llévame lejos de aquí / donde el dolor no florece/el dolor, el miedo, el olvido/perderte perderme”. Pasa de la distopía a la utopía, y proclama con voz de júbilo que «ya nada duele como antes». Porque «las ilusiones son luces/ que se apagan al amanecer/ para volver a encenderse de noche».

Si tomamos como verdadero el mensaje de Darío, cuando nos dice, en versos que valen más que el oro, que «ser sincero es ser potente; de desnuda que está brilla la estrella», la conclusión inmediata es que la poeta Silvia Ramos se pasa de potente, porque se revela más que sincera. ¡Oh, sinceridad! Es esta cualidad, más que importante, indispensable para el poeta, ya que, como sentenció Martí, «todo está dicho, pero las cosas siempre que son sinceras son nuevas». He ahí la verdadera fortaleza del autor: ¡sinceridad!

«Las ilusiones son luces», nos dice la poeta. Pero son, como dice Pedro Henríquez Ureña. Son luces que se apagan pero que vuelven a encenderse. ¿Acaso no es esta la más universal de las manifestaciones? Vivimos de unas ilusiones que se desvanecen para dar lugar a otras. Los mortales vivimos de promesas, y a veces nos vale madre si estas son falsas o verdaderas, pues lo importante es que sean promesas. Todo lo porvenir−inexistente nos parece hermoso (¡oh, ilusos!), y vivimos ignorando el presente−existente. 

La voz poética nos llama a romper los espejos y a recoger los «pedazos de realidad». Pues, total, es todo lo que tenemos: la realidad. Cierta o incierta, pero, de todos modos, realidad. En el poema, «Sueño con escribirte cartas» la poeta desata un volcán de emociones, pero emociones idílicas, revelando un ritmo divinal que solo es manifiesto en los grandes vates:

«Es en el silencio

de las palabras dichas

donde quiero que crezca esta emoción».

Silvia Ramos: una creación multidimensional

La paradoja se hace presente. Porque, al parecer, la poeta sabe que la poesía sin tropos está muerta, insípida; siempre que puede, embellece sus versos con etéreas figuras literarias. Y en este mismo poema, en la primera estrofa, la autora declara: «te escribiría cartas». Y en la estrofa dos repite: «te escribiría cartas». Y en la última estrofa vuelve a repetir, aunque con una pequeña variación: «sueño con escribirte cartas». Y uno se pregunta, ¿por qué el condicional «escribiría?» Y es que la poeta, a diferencia de otros que se presumen atemporales –engaño vil, ilusión– se sabe temporal, limitada al tiempo-espacio. ¡Otra vez la sinceridad la engrandece!

No pierde la belleza de la imagen renovada. Y el hipérbaton sale a relucir: «En la noche de ayer, tormentosa». Y la prosopopeya viene a decir que «el viento rugía feroz golpeando mi mente». ¡Qué imagen! Los rugidos del viento golpeaban su mente.

En el primer poema de la sección «Del ser y la existencia», la poeta se explaya en el más puro existencialismo:

«quizá

no todo lo que uno es

tiene un nombre.

A veces sólo se siente y se respira».

Y al leer estos versos, no podemos sino pensar en Blas de Otero, Gabriel Celaya, y, en ámbito más universal y extra lírico, Kierkegaard, Sartre, Dostoyevski y Kafka.

Entre otras cosas, los poetas se diferencian de los filósofos, en que los primeros entienden que no todas las cosas tienen nombre, mientras que los segundos se proponen nombrar todas las cosas. Los poetas entienden que hay cosas que van más allá de la luz y la tiniebla, como diría Nietzsche, y que, por eso, no pueden encerrarse en las palabras, los filósofos pretenden esclavizarlo todo bajo el yugo de la definición. Es cierto que todo significante tiene un significado, pero tal significado es, a veces, indescifrable. El poeta cree en la libertad. Y Silvia es poeta y no filósofa. Por eso comprende que en la poesía se fusionan el ser y el no ser, el todo y la nada, y exclama, como si nos dijera que Nada cambiará, que Todo seguirá igual. Porque, ¿qué es la Nada, sino «la pretensión de una ecuación no resueltaun invento nacido de la indiferencia?

Eso es la Nada: el pretexto que pretende ocultar nuestras limitaciones. Al parecer duele menos decir «Nada» que decir «Desconocido». Porque entre todas las cosas ignoradas, la más ignorada es que somos ignorantes., perdonen el lugar común.

«Y tú,

Nada,

eres como una espesa niebla».

El símil o comparación, como figura retórica, es evidente. Existencialismo, ontología, mística. En el poema «La caja de música» la poeta nos recuerda que la vida es «la danza de una ilusión», «[…] soñar / mirando como giras y giras» Y más adelante se revela selenófila y nos dice que:

«un resplandor blanco

 se extiende desde la ventana:

haz de luz que cae sobre el suelo

iluminando un instante

el espacio y el tiempo».

Silvia Ramos logró resumir en un poemario, directa o indirectamente, todos los temas esenciales de la literatura. No se limita. Canta a lo natural y a lo sobrenatural. Arremete contra el materialismo, reduciéndolo a simple ilusión. Escribe a la metafísica, al todo, a la nada. Es terrestre y astral. Y, a modo de supremaunción, canta a la poiesis. Su poética fluye con naturalidad. Estilo claro y conciso. Dominio pleno de la forma y el fondo.  Cultiva las figuras literarias indispensables a toda buena obra literaria. Estas facultades, entre otras, hacen de ella una poeta multidimensional, una escritora que surgió para erigirse en el tiempo cual columna de mármol inmortal.

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